martes, 30 de junio de 2009

Unos aventureros regresan a una cueva que les resulta familiar



Era una apacible tarde de domingo en el cantón del Tesino, en Suiza. Al pie de una montaña de los alpes suizos, había una cueva. Pero no era una cueva común, fría, seca y oscura. Era la cueva del célebre alquimista Heterodoxo Copérnico II, hombre de ciencia y aventura, dotado de sabiduria y abundante vejez. Nuestro querido personaje había partido hacía unos meses buscando unos componentes, necesarios para fabricar unas tenazas que permitirían lavar a su pestilente homúnculo. Finalmente, tras ciertas aventuras y desventuras, regresaba, acompañado de una rana escamada, un hombre asustadizo y su pequeño homúnculo.

Podeis imaginaros un regreso triunfal, lleno de gloria y destellos de sol rasgando las nubes celestes. Mas no. Bueno, había rayos de sol bañando el apacible clima suizo, pero el ánimo de nuestros protagonistas no era el imaginable. Y el motivo cómo era de esperar, es que no es fácil soportar a un homúnculo que no se ha lavado durante meses; cualquier adjetivo no es suficiente para describir el horrendo hedor que despedía Kindlist. Sólo me remitiré a decir que olía a homúnculo. Así pues, Angoise, Crarglac y Heterodoxo se encontraba con el olfato arrugado y la mente embotada.

Sin embargo consiguieron llegar a la caverna. Una vez allí, Heterodoxo lanzó a Kindlist al rincón más alejado de la morada, pero aún allí seguía oliendo. Acto seguido, el viejo alquimista, tan rapidamente como un viejo alquimista puede actuar, se puso a elaborar las tenazas. No es tarea de homúnculo narrar cómo se hacen unas tenazas de carne, ni cómo se lava un homúnculo. Al final, Heterodoxo lo consiguió, y cuando Kindlist dejó de heder se puso a bailotear y cantar de alegría. Angoise y Crarglac se sonrieron mutuamente. Por un momento, el homúnculo sonrió, o pareció sonreir, y todos se sintieron llenos de dicha.
-¡Bravo! ¡Bravísimo! -exclamaron Crarglac y Angoise al unísono.

Heterodoxo empezó a atusarse sus luengas barbas.
-¿Sabes, Kindlist? Opino que esta historia ha de ser escrita con todo detalle. Estoy seguro de que con esto nos haremos ricos y famosos, y cuando reunamos lo suficiente podremos irnos de esta triste y lúgubre cueva. ¡El mundo allá fuera es tan tierno, maravilloso y lleno de color! Después de tantos años estoy cansado de mirar viejos manuscritos, a la tenue luz de una vela gastada. Sin duda seguiremos haciendo viajes y cuando nos cansemos podríamos irnos a vivir a Svalbard, por si algún día las bulliciosas masas nos atosigan. ¡Venga, vamos, escribe!

Crarglac y Angoise se miraron.
-Esperamos no molestaros, noble Heterodoxo -dijo Angoise-, mas yo he de encontrar el misterioso loto suizo.
-¡Ah! ¡Sin duda! Sí, aquí tengo un legajo escrito por Alberto Magno que habla muy extensamente de los lotos suizos, quizás os ayude.
-Muchas gracias. Si no os importa me marcharé ya, tengo prisa.
-¡Un momento! Me voy contigo, si a Heterodoxo no le importa prescindir de mi -acusó la rana.
-Por supuesto, querida Crarglac, has cumplido y de sobra.

Y el hombre asustadizo y la rana se marcharon de la cueva de Heterodoxo, en busca del legendario loto suizo, la flor con pétalos rojos y blancos. Sin embargo, eso es otra historia y en otro momento será contada. Pero para saciar la curiosidad de los románticos, he oido por ahí que llegaron a amarse, casarse y ser felices.

viernes, 22 de mayo de 2009

Centrales y peces mutados



Dos días después de abandonar el bar de carretera, Heterodoxo y sus compañeros divisaron a lo lejos las terribles chimeneas de una central nuclear.
—¡Por las barbas de Diógenes! Mirad aquellos funestos y lejanos presagios. En verdad que me erizan el vello los prodigios megalománicos de la ciencia moderna. Mas no repararé en más quejas, hemos de seguir.

Angoise y Crarglac asintieron a una vez. Durante todo el viaje iban hablando e intimando en sus vidas. Angoise incluso se tomaba la molestia de consolar a Crarglac, que desde que había visto alterada su piel se sentía triste y deprimida; el asustadizo y pálido hombre la arropaba en las noches más frías. A cambio, Crarglac iba frecuentemente a buscarle comida. Era una bella relación la que se iba cultivando entre el hombre y la rana. Heterodoxo por su parte, conversaba muy ocasionalmente con Angoise y con Crarglac, y evitaba sacar a Kindlist de su bolsillo, pues ya olía peor que los demonios del averno profundo.

Descendieron las montañas que llevaban hasta la central, y por el camino encontraron un gran lago contaminado. A las orillas había peces muertos y peces agonizantes. Con no poca sorpresa, al viejo y fatigado alquimista le pareció ver algo entre ellos. Se acercó presuroso y fue de repente cuando, más cerca, pudo discenir con más claridad. Aquello que había visto era un pez con dedos. Heterodoxo Copérnico II, el último entre los Copérnico, descendientes del buen Nicolás, lo cogió con sus arrugadas y callosas manos y gritó.
—¡Kindlist! ¡Un pez con dedos! ¡Ya podemos volver a casa!

miércoles, 20 de mayo de 2009

Aparece un bar de carretera



Los viajeros se prepararon para seguir con la aventura. Caminaron así durante media semana, pero a Heterodoxo se le veía con una extraña pesadumbre pendiendo como una espada sobre su cabeza. Angoise tomó cuenta de ello y se lo comentó mientras caminaban.
—¿Qué os ocurre, sabio de prolongado saber?
—Si he de seros sinceros, no conozco el camino que he de seguir.

En hablando, llegaron a un bar de carretera suizo.
—Estupendo, quizá aquí nos den algunas pistas —comentó el viejo alquimista.

Los aventureros entraron en el bar. Era un bar bonito, pintado con colores rojos y blancos, y estaba llevada por un hombre gordo y barbudo. En las paredes del lugar había muchas reliquias y objetos exóticos, y Heterodoxo se preguntó si no habría allí algunos de los componentes que estaba buscando. Angoise se dirigió a Heterodoxo.
—No sería mala idea hacer un alto aquí, parece un lugar agradable donde descansar bien.

Heterodoxo se mostró de acuerdo y preguntó al posadero acerca de alojamiento.
—Enseguida os atenderé muy gustosamente. Si ustedes lo desean pueden alquilar una habitación con dos camas y un acuario para la rana. No les saldrá caro.

Después de establecer el precio, el dueño del bar apuntó sus nombres, y Heterodoxo no pudo evitar fijarse en la extraña densidad de la tinta. El dueño tomó cuenta de ello.
—¡Esta tinta es de una calidad excelente! ¿Le interesa? Extraida de auténtico caracol, tienen tinta en vez de sangre, ¿lo sabía?

Heterodoxo no cabía en si de asombro, y pronto empezó a pegar saltos, todo lo que puede un viejo alquimista pegar saltos.
—¡Aleluya! Mas no tengo dinero, siento decepcionaros, no puedo comprarlo, mas puedo conseguir con mis componentes dotar de brillo los colores de vuestro bar.

El dueño se mostró complacido y Heterodoxo se puso a trabajar. Al poco había dotado de brillo los colores del bar.
—¡Fantástico! Ahora atraeré a más clientes. Muchas gracias, señor alquimista, toma un bote con tinta de caracol.

Heterodoxo se sentía harto contento. Ahora sólo le faltaban los dedos de pez para completar su aventura. Pasaron una noche allí, y al día siguiente partieron. El dueño del bar, que conocía de cosas exóticas y extrañas, les indicó que si querían parar en un lugar cercano, lo mejor era visitar la central nuclear que había en los alrededores.

miércoles, 1 de abril de 2009

Heterodoxo se despide de Claudio



Poco después, para ellos todo se desvaneció en una confusa masa cromática. Cuando volvieron a parpadear, estaban en el sótano de Claudio Honrado XVIII. Los viajeros le explicaron todo lo sucedido. Cuando Claudio supo lo de la Retorta de la Resecación Absoluta, pegó brincos, loco de contento.
—Sin duda ya conseguireis uno de vuestros ansiados componentes.

Pero la rana se veía un poco triste. Todos la miraron, pero antes de pronunciarse pregunta alguna, habló.
—Me comprometí a esto. Estoy dispuesta a perder mi piel de rana por una de pez.

Así pues, Claudio comenzó todos los preparativos, metió a la rana en la Retorta y comenzó a hervir. Se oía a la rana croar de dolor, y Heterodoxo se vio grandemente compungido.

"Tales son las miserias que se han de pasar por unas tenazas y la higiene de un homúnculo", se dijo.

Rato después, la rana salió con la piel azul, como siempre, pero un poco más oscura y toda llena de escamas. Las ranas son animales inexpresivos, sin embargo, Crarglac tenía el semblante triste. Angoise la observaba con expresa ternura.

Claudio se dirigió hacia el viajero alquimista.
—Y bien, amigo, creo que es hora de que marcheis, vuestro homúnculo apesta.
—Sin duda ha sido grato veros de nuevo, Claudio Honrado, espero que nuestro proximo reencuentro sea más prolongado y más intelectualmente fertil.
—Para vuestra partida, querido amigo, he de deciros esto:
>>No desfallezcais de nuevo, el desánimo os hace mal a vos y a vuestros cercanos. Mantened vuestras promesas, sed audaz y valiente. El corazón de un alquimista viejo y audaz puede valer tanto como el corazón de un guerrero audaz; y las hazañas igual de famosas. No temáis de nada, ni de nadie.
>>Y lo más importante, querido amigo, no olvideis que el camino os enseña más que la propia meta. Reflexiona, disfruta de él, ama a tus amigos y cuida de ellos.

Dicho esto, y claramente emocionados, los alquimistas se dieron un fuerte abrazo con lágrimas en los ojos, y el resto de compañeros se despidieron, conmovidos por las palabras de Claudio.

miércoles, 25 de marzo de 2009

La arrogancia de los equinos



—Somos y hemos sido un pueblo que ha habitado este mundo desde tiempos inmemoriales. Desde la creación del mundo hemos cabalgado por las praderas con nuestras cortas patas. Sin embargo nunca hemos logrado la prosperidad, de la que gozamos ahora.
>>En días antiguos, nosotros, los ponis bizcos, estabamos sometidos a una raza benévola similares a vosotros; ellos nos daban de comer y nos cuidaban, y nosotros a cambio les dejabamos calgar. Nos herraban las pezuñas para que no se nos lastimaran y nos dieron anteojos para que vieramos bien; sin embargo nosotros crecimos en inteligencia, adquirimos el don del habla y la comunicación.
>>Así que enseguida empezamos a hacer como ellos. Nos reuniamos en asamblea, celebrabamos fiestas y saltábamos sobre las hogueras. Sin embargo el habla dio mejor fluidez a las ideas, y a algunos de los nuestros se nos ocurrió independizarnos de la raza benévola, empezando a fabricar las herraduras nosotros mismos, por y para nosotros, y que nadie nos montara.
>>Así pues, rezamos a los dioses e imploramos que nos ayudaran. Cometimos nuestra empresa con gran celo, y empezamos a fabricar las herraduras. Nuestro benévolo pueblo no nos maltrató por ello y comprendió nuestra decisión. Sin embargo, sus comercios cerraron, ya que no fabricaban más herraduras, y todo su mundo se vino abajo, ya que parte de él se sustentaba en nosotros.
>>Las antaño grandes ciudades se convirtieron en polvorientas ruinas. La benévola raza se extinguió, acosada por sus enemigos. Los dioses montaron en cólera, y como castigo en nuestro orgullo, nos maldijeron con los caracoles del caos. Ahora... si bien podíamos herrarnos a nosotros mismos, esos engendros del Inframundo nos acosaban con sus punzantes caparazones.
>>Y esa es nuestra historia, la historia en la que menguamos y caemos en desgracia. Antes pisabamos todas las tierras de este mundo, ahora estamos refugiados en este pequeño establo, reflejo de lo que una vez fue.
>>Dejadnos que en agradecimiento por haber acabado con parte de ellos os otorguemos un presente.

Todos los multinautas se miraron entre sí y asintieron.
—En recompensa de vuestra valentía, os ofrecemos la Retorta de la Resecación Absoluta.

Los ponis se adelantaron en comitiva y otorgaron a Heterodoxo un crisol tosco de plomo, pero a fin de cuentas útil. El viejo alquimista lo tomó y la tasó con ojo experto, y resolvió que quizá podría serle de grandisima utilidad. De repente los ponis salieron corriendo, y desaparecieron de su vista. Los viajeros, perplejos, se volvieron a mirar entre sí, y se fueron de Poblado Poni.

jueves, 19 de febrero de 2009

Los caracoles del caos



Heterodoxo meditó durante un largo rato mientras el poni les indicaba las señales, hasta que llegó a la conclusión de que Claudio seguramente los había enviado allí buscando algún componente que faltara para la conversión de Crarglac a rana escamada. De paso también se aseguraba de que su máquina interdimensional funcionaba. Así pues, una vez hubo dado por supuesto este suceso, se lo comunicó al poni, quien puso uno de sus púpilas mirando rectas hacia el frente a modo de aprobación.

En el transcurso de estas cavilaciones y pensamientos profundos acerca de su linaje, los viajeros llegaron al Poblado Poni. Allí esperaban muchos ponis pardos, los cuales no se dedicaban a otra cosa que pastar y beber en abrevaderos, e ignorar a los huespedes. Poblado Poni sólo tenía un gran salón cómun, al cual ellos llamaban el Gran Establo.
—Curioso lugar —musitó Angoise con miedo. Heterodoxo se limitó a asentir con la cabeza mientras observaba con perplejidad y asombro.

De repente uno de los ponis relincharon y fueron en tropel angustiado hacia el Gran Establo. Todos excepto el poni bizco, quien tenía la mirada perdida.
—Han venido.
—¿Quiénes? —preguntó Heterodoxo.
—Son ellos... los caracoles del caos —acto seguido fue a galope tendido hacia el Gran Establo, dejando a los aventureros abandonados a su suerte.

Crarglac, Heterodoxo y Angoise se preguntaban qué ocurría. Entonces vieron brotar de los verdes pastos unos caracoles de extraño colorido: tenían unas conchas con formas de pirámides, y abajo se arrastraba el baboso animal. Temblando de miedo, Angoise intentó pisar a uno de ellos, pero se encontró con la punzante resistencia de sus hogares piramidales.
—Esto sólo ha de tener una solución. ¡Adelante, Crarglac, cébate con ellos! —exclamó Heterodoxo.

La rana dio un brinco y comenzó a estirar su lengua como un resorte. Los caracoles fueron abatidos, y en poco rato ya no quedaba rastro de ninguno de ellos; la rana tenía la panza repleta de comida. Los ponis salieron entonces del Gran Establo, y Heterodoxo preguntó.
—¿Qué es lo que aquí ha sucedido, que con la aparición de tan minúsculas babosas, habéis huido como un niño de un gigante?

Como respuesta, uno de los ponis, de pelo ralo y grisaceo, se adelantó cuatro pasos, y habló.

El plano del poni bizco



El difumino se desvaneció, y de repente los tres viajeros multiversales se encontraron en un prado de color fucsia, bajo un cielo anaranjado y sin astros. Frente a ellos, a unos pocos metros, había un poni bastante peludo y pardo, con un ojo mirando al frente y el otro hacia el suelo
—¡Vida de Alquimista! ¡Un poni bizco!

El pobre poni, asombrado por la misteriosa aparición de los aventureros, relinchó, agachó la cabeza y empezó a orinar.
—¿Y qué es eso? —apuntó Angoise—. Su orín es azul.
—Sin duda es un caso harto extraño. Acerquémonos.

Pero el poni relinchó de nuevo antes de que se acercaran, y habló.
—Deteneos, numerosos y terribles enemigos. No alcanza mi vista a distinguiros, y es deshonroso que muchos entablen combate con uno sólo.
—No os preocupeis, sólo somos cuatro, y sin ánimo de combate u hostil enfrentamiento; ¿por qué adoleceis de estrabismo?
—Lo desconozco, no tengo tal alcance de memoria; sin embargo mis compañeros poni dicen que un día una piedra me alcanzó en un ojo, y que desde entonces veo torcido.
>>¡Ay! Desde entonces soy muy desgraciado, ahora me he extraviado de los senderos que llevan a Poblado Poni.
—Una noticia sin duda desafortunada. Nosotros podríamos guiaros, si supieramos el camino —yo conozco las señales
—Yo sé las señales, mas por culpa de mi estrabismo no sé verlas. Si me decís qué buscais, os lo diré.
—Venimos buscando... ¿qué venimos buscando?

Heterodoxo no recordaba el motivo que los había llevado a los territorios interdimensionales, si bien Claudio no se lo había dicho, así que se encogió de hombros.
—Por ahora vamos sin dirección, en cuanto lo sepa, os lo diré.
—De acuerdo, me conformo con eso, por ahora.
>>Dejadme que os indique las señales.

lunes, 9 de febrero de 2009

Viaje al multiverso



La compañía regresó a la cabaña de Claudio Honrado XVIII. Allí Heterodoxo le dio la tuerca, y su colega alquimista lo celebró con gran regocijo. Enseguida se puso manos a la obra y fue hacia el sótano, acompañado de los huespedes.

En el sótano había un armatoste tapado con sábanas blancas, que una vez fue destapado por la arrugada mano de Claudio, descubrió una especie de aparato con varios palos diagonales al suelo y un mecanismo rotatorio, todo ello construido con aleaciones exóticas.
—¡Esta es mi máquina interdimensional! Y ahora concluiré su construcción.

Claudio entonces cogió la tuerca argentea y la atornilló en la máquina.
—¡Bien! Ahora sólo falta comprobar que funcione.
—Sin duda —comentó Heterodoxo—, debe ser emocionante inaugurar tal invento. Me ofrezco voluntario.
—Y yo —dijeron la rana y Angoise al unísono.
—¡Perfecto! ¡Maravilloso! No ha habido mayor gozo desde el nacimiento de Aristóteles. No tardaré nada en preparar el dispositivo.

Dicho esto, Claudio rebuscó entre las estanterías empolvadas, de donde extrajo un frasco de fluido verdoso; luego abrió una cápsula de la máquina interdimensional y lo vertió ahí. La máquina exhaló un gruñido vaporoso. El rubeo alquimista les indicó que se sentaran en los sillines que se hallaban a los extremos de los palos y los huespedes obedecieron.

Luego, Claudio accionó una palanca metálica de brillo fluctuante como el Mercurio, y los palos de la máquina empezaron a dar unos giros tan vertiginosos que pronto Heterodoxo, Kindlist, Angoise y Crarglac perdieron la noción del espacio y de la forma y color de todas las cosas, y el honorable anfitrión dejó de discernir lo que había dentro del círculo formado por la veloz rotación.

martes, 27 de enero de 2009

Un duende aparece (y desaparece)



Heterodoxo caminaba, acompañado de Angoise, Kindlist (en su bolsillo) y Crarglac, por la ladera de la devastada montaña. La ladera, antaño poblada de árboles, ahora se encontraba pelada, calcinada y desprovista de vida. La tarea que los ocupaba era el encuentro de la tuerca argentea. Pero es difícil encontrar una tuerca de plata en medio de un montón de cenizas. El viejo alquimista se detuvo al lado del esqueleto de un árbol y se mesó con aire preocupado las espesas barbas. Se sentó y apoyó en el tronco, mientras Angoise seguía explorando por la desolación con Crarglac al hombro.

Fue entonces cuando sintió una risilla entre las ramas superiores del árbol y un limón cayó sobre su dura cabeza de alquimista.
—¡Un voto por los caidos! —exclamó una voz chillona desde las ramas.

Heterodoxo alzó la cabeza y se encontró con un duende pequeño y menudo, de rasgos maliciosos y vestimenta gris. Tenía la piel arrugada y cetrina y se dirigió así a Heterodoxo, sin protocolo ni presentación alguna.
—¡Tomad la tuerca argentea, sé que la buscais! Y no os olvideis de llevar un monóculo de gran precisión en vuestros viajes hacia los otros planos —dicho esto el duende lanzó la tuerca argentea a Heterodoxo, quien la tomó con gesto sorprendido.

Acto seguido, el viejo alquimista llamó a gritos a sus compañeros, todo lo que puede llamar a gritos un alquimista. Sin embargo, cuando la compañía se detuvo a los pies del árbol, ya no había ningun duende travieso.
—¡Gnomos y salamandras! ¡Por mi aplomo que en el reciente tiempo pretérito aquí había un duende y me dio la tuerca! —exclamó malhumoradamente.

Heterodoxo se sentó al pie del árbol de nuevo, puesto que con la preocupación se había vuelto a levantar. La situación era extraña, puesto que Angoise y Crarglac no deseaban otra cosa que encontrar la tuerca, y ahora que la había encontrado, dársela a Claudio lo antes posible. Pero Angoise era demasiado cobarde y tímido como para hablar, así que Crarglac intercedió.
—No reprocheis los extraños sucesos a nadie, querido amigo. A veces las cosas deseadas llegan facilmente y sin mucha complicación, sin que para ello puedas encontrar causa alguna. No busqueis motivos intrincados, teneis la tuerca.
>>Volvamos a la cabaña, y celebremos que hoy el camino está exento de dificultades.

miércoles, 14 de enero de 2009

La tuerca argentea



Heterodoxo abrió los párpados lentamente y poco a poco divisó que estaba en una estancia acogedora y luminosa. Era de día en la cabaña de Claudio Honrado XVIII, y el alquimista reposaba en una mullida cama. Descubrió que tenía puesto un pijama con dibujos de gnomos y salamandras, y tras deslizarse fuera de su cama, se puso su túnica habitual, que estaba en un perchero.

Salió de la habitación y fue al salón, donde esperaba Claudio Honrado XVIII, Angoise y Crarglac desayunando tostadas con mermelada de sabor a sangre de la salamandra, conocida por un toque ligeramente ácido, parecido a la naranja pero más intenso. Kindlist estaba en uno de sus bolsillos y Zacarías no aparecía por ninguna parte.
—¡Espíritus! Ya era hora, habeis dormido durante una semana entera. Tomad, tengo preparadas unas pocas tostadas.

Heterodoxo tomó asiento y comenzó a comer, sentía un hambre devoradora. Y unas ganas inmensas de continuar con sus viajes y aventuras, y de explorar tierras incógnitas de su Suiza natal.
—¿Qué ha sido de Zacarías? —preguntó.
—Marchó a los dos días de tu desmayo, tenía unos asuntos que resolver acerca de sus nuevos descubrimientos. Os pide disculpas.

Todos desayunaron apaciblemente y los dos alquimistas quedaron en charlar sobre todo lo sucedido después del almuerzo. Y así hicieron cuando lo hubieran hecho, hasta que cayó el ocaso. El resto de huespedes se habían dedicado a jugar al parchís mientras ellos debatían, y en algunas ocasiones incluso habían ido a explorar los bosques cercanos. Una vez puesto al corriente de todo, Claudio concluyó.
—Sin duda os debisteis topar con el Bosque del Desánimo. Sólo ello puede explicar la perdida de vuestro peculiar temple. Y a propósito de esto, os ayudaré con la rana escamada, sin embargo hay un asunto que requiere mi atención y que sin duda os ayudará de mejor forma si es resuelta convenientemente.
—¿De qué se trata?
—Bien, estoy investigando en la invención de una máquina interdimensional. Todo va bien: una fabulosa pieza giratoria con dos asientos que a determinadas revoluciones y con ciertas sustancias abre puertas hacia otras realidades.
>>Todo parecía concluido cuando realicé el último pedido a una empresa de transportes: una tuerca de plata; una tuerca totalmente normal y corriente, con el único requisito que fuera argentea. Y ellos aceptaron el envío: ya se oía el ruido del motor a través de las montañas, y yo me frotaba las manos con ansiedad a la vera de mi brasero, cuando oí un gran estrépito y una explosión en las laderas.
>>Me asomé a la ventana y vi llamear algo a través del bosque. Esto sucedió hace unas semanas, y no me he atrevido a visitar ese lugar. Y por lo absorbido que estaba en mis investigaciones y el hospedaje de Zacarías, no se me ocurrió volver a llamar por teléfono. Si fuerais allí me haríais un gran favor, y os podría ayudar mejor.
>>¿Qué me decís?

Heterodoxo recupera el aplomo



Zacarías y Claudio se pusieron manos a la obra. Tal empresa era tan exótica que quizá solo la realizarían una vez en las vidas, y aunque fuera noche avanzada y pensarán más en discutir sobre teorías desfasadas, el reto de recuperar el aplomo para Heterodoxo inflamó sus humores. Luego podrían presumir de sus hazañas, además de la recompensa de ayudar a un antiguo compañero de estudios.

Mientras tanto Heterodoxo se recostó en un sillón cómodo, muerto de sueño. En su cansancio había soltado el frasco con el fluido luminoso, el remedio de vago intratable que había tomado para reunir las ganas suficientes de salir de la cueva e iniciar un nuevo viaje. Se había provisto de un buen surtido de remedios y durante el día y la noche había caminado y caminado, haciendo caso omiso de sus necesidades más básicas. Hasta encontrar rastro de noticias y rumores: la destrucción de Ciudad Papelera, un mago que había encontrado una garrapata de familiar y demás noticias en los parajes suizos. Había sido fácil seguir el camino, y más fácil aún cuando había encontrado la estela plateada. Con el ánimo imperturbable había proseguido hasta llamar a la puerta. Sin embargo, no había vuelto a tomar el remedio del vago intratable y ahora quería dormir, y mucho.

Los alquimistas laboraban y laboraban. Kindlist permaneció acurrucado en el bolsillo de la túnica. Angoise y Crarglac por su parte, se fueron a una cama a dormir; tales asuntos ya no eran de su incumbencia, y ya ajustaría Crarglac cuentas con él.

Heterodoxo cerró placidamente los ojos y se entregó al dulce sueño. Pero no le dio tiempo a nada cuando notó un tirazón en sus pestañas.
—¡Ah!
—Heterodoxo, bebe de este elixir —y con la vista borrosa vio a un Claudio que le tendía el frasco, en cuyo interior había un liquido de color del plomo, que fluctuaba lentamente. Heterodoxo lo tomó y bebió, y sintio dentro de si una oleada de ánimo, esperanza, ganas de seguir con sus empresas, y de investigar. Volvió a sentir el ímpetu alquímico que siempre lo había guiado. Y después, un profundo arrepentimiento de todas las irresponsabilidades que había cometido en todo ese tiempo.

Sin embargo no siguió el curso de sus pensamientos, puesto que el sueño se volvió a cernir sobre él, y los tres hermanos, Morfeo, Fantaso e Iquelo, tomaron el dominio sobre su conciencia.

El retorno del alquimista sin aplomo



El rubeo alquimista se deslizó hasta la puerta y lentamente y con curiosidad abrió la desvencijada puerta. Ante él se abría la noche y la amplia llanura, pero antes de eso: la silueta de otro alquimista, una figura recortada contra el paisaje, un viejo encorvado por el peso del tiempo. Llevaba una gran túnica, estaba tembloroso por el frío, y observaba con mirada cansada y sosegada a Claudio.
—¿Dónde está mi aplomo, y mi homúnculo? ¡Lógica de Llull!
—¿Heterodoxo?
—¡Claudio!
—¡En buena hora llegais! ¿Qué os sucede? Pareceis cansado, como de no haber dormido durante varios días, y aterido por el frio. Pasad hacia dentro, hay varios asuntos esperandoos aquí dentro.

Vio entonces que en la mano de Heterodoxo había un frasco de cristal con posos de un líquido viscoso y luminoso.
—Necesito reposo, largo y sin descanso ha sido el camino.
—Pasad, insisto, y sentaos, hay sitio de sobra para un amigo alquimista más.

Así pues, el viejo alquimista, protagonista de esta aventuras pasó esforzadamente, tan esforzadamente como puede esforzarse un viejo alquimista, apoyado en su cayado, y franqueó el umbral de la estancia donde descansaban los huespedes alrededor del brasero. Zacarías dio un respingo.
—¡Heterodoxo! Menuda noche.

La respuesta de Kindlist no se hizo esperar, mas no lo hizo celebrándolo con saltos y fiestas. Eso habría sido más propio de un perro, sin embargo los homúnculos no celebran, y Kindlist se limitó a correr hacia Heterodoxo y guarecerse en los bolsillos de su túnica. Crarglac frunció el ceño y miró claramente enfadada al alquimista. Angoise se acarició la barbilla con curiosidad.
—¡Semejante audiencia no había encontrado antes en una noche cerrada! ¿Qué trae a todos por aquí?
—Quizá no sea un despropósito como parece, sino una grata coincidencia —afirmó Zacarías—. Estos tres huespedes se hallan aquí en busca de vuestro aplomo que, como podeis ver flota ahí a la vista de todos, pesado y estable. El motivo de mi visita es uno de mis últimos descubrimientos, aunque ya que nos honrais con vuestra presencia, podriamos debatir aquello sobre la glándula transbiliar...
—¿...de los gnomos? ¡No, gracias! Ya ha quedado claro que vuestro apoyo a las tesis de Macario son un verdadero desproposito y que los postulados originales de Paracelso al respecto son más iluminadores. Me ahorraré debatir sobre ello, he venido aquí en busca de mi aplomo; espero que sepas disculpar mi declinación, mas estoy fatigado.
—De acuerdo, habrá tiempo de sobra para discutir sobre ello.
—Y bien —interrumpió Claudio—, veníais en busca de vuestro aplomo, ¿no? Aquí lo teneis, opino que si aplicamos un descenso de temperatura a esta habitación vuestro aplomo podrá fluir hacia un recipiente adecuado y vos podreis beberoslo para recuperarlo.
—Bien, trae jugos de pingüino y cuecelos, enseguida se notará el efecto ártico de sus componentes y la habitación se enfriará, y coloca un mortero bajo mi aplomo; luego podemos colocarlo en el alambigue y realizar los alquimicos procesos necesarios para adecuarlo de nuevo en mi cuerpo.
>>Empecemos —propuso Claudio.

jueves, 8 de enero de 2009

Crarglac se pronuncia



"Yo vivía felizmente en el Estanque de las Ranas, cuando llegó Heterodoxo con su homúnculo. Dijo que necesitaba lavarlo pero que no encontraba los componentes para sus tenazas, así que parte de su misión pasaba por conseguir una rana escamada. Realizó con éxito su propósito y fui con él. Sin embargo, días más tarde, pasamos por un bosque extraño y en sus lindes se desprendió de él su aplomo, que es esa sustancia plateada que ahí flota. Así pues, regresó, incumpliendo sus promesas de buscarme agua de río para bañarme. La última vez que me bañé fue hace unos días, en la destrucción de Ciudad Papelera, sin embargo de vez en cuando siento mi piel reseca y unas punzadas terribles."
—Sin duda la misión de Heterodoxo está cambiando un buen puñado de cosas en varios cantones a la redonda. ¡Pero hemos de arreglarlo! Dejadme que prepare un compuesto de Cenizas Negras con Leche de Cal, es perfecto para neutralizar por un tiempo el hedor de homúnculo sin lavar —ofreció Claudio.
—¡Cómo! —exclamó Zacarías indignado—. La mezcla de Muriato de Cinc con disolución de Cinabrio y Piedra Azul es mucho más económica y efectiva.
—Cada alquimista con su receta, Zacarías, déjame obrar con mis propios métodos. Y traeré un cubo de agua donde la rana pueda bañarse.
—Está bien, pero opino que si echaras una pizca de Mercurio al agua la rana podrá pasar más tiempo sin resecarse. Ya se sabe que las propiedades del Mercurio son muy positivas para el cutis de una rana.
—¿Ves? En eso si te haré caso, ahora vuelvo.

Claudio Honrado se marchó y Zacarías seguía mesándose la barba.
—Con que esta materia plateada es el aplomo de Heterodoxo. Apuntaré las propiedades del Aplomo de Alquimista —acto seguido sacó de uno de los bolsillos de su túnica, una gran pluma, un pergamino gastado y un tarro de tinta verde fluctuante.
>>Uhm... denso, pesado, brillante y estable.

Al rato, Claudio Honrado volvió. La rana se metió con un croido de satisfacción y Kindlist fue rociado con un bote de spray preparado por el rubicundo alquimista. Al instante el hedor remitió.
—Sin duda esta es una noche memorable. Quizá lo apunte en mi diario y algún día lo publique. ¿Qué os parece si lo llamo: La Crónica de Claudio Honrado XVIII? Es un bonito título, ¿no?
—Creo que no lo compraría nadie, Claudio.
—¡Mejor aún, libro de coleccionista! ¿Qué es eso?

Claudio se vio interrumpido por tres golpes en la puerta de su cabaña, sonoros pero sordos y apagados. Al instante todos los huespedes se volvieron, y se volvió a producir un silencio expectante.

Encuentro de alquimistas



Las voces de discusión se interrumpieron. Los tres aventureros aguardaron, hasta que hubo ruido de pasos y la puerta se abrió con un quejido agudo. Ante ellos apareció, iluminado por la luz de un candil, Claudio Honrado XVIII, hombre de rubio cabello y rubia barba rizada, verrugas en la oreja, arrugas en los mofletes y avanzada edad, como cualquier alquimista que se precie.
—¡Ciencia de Agripa! ¡Un hombre, una rana y... el homúnculo de Heterodoxo! ¡Kindlist!
—¿Qué sucede? —curioseó una voz desde el interior de la cabaña.
—Una visita sin duda extraña, Zacarías, es lo que acontece.

Kindlist comenzó a comunicarse mediante gestos con la rana, y esta tradujo.
—Permitidme que nos presente. Somos Crarglac la rana, Angoise el miedoso y Kindlist, el homúnculo de Heterodoxo. Venimos buscando el aplomo de Heterodoxo.
—¡Crisoles y atanores! ¿Heterodoxo ha perdido su aplomo? Esto seguro que es motivo de una y más historias. ¿Qué extraño humor habrá afectado a mi viejo amigo para haber perdido su célebre aplomo? Pasad, señores, debeis estar cansados. Además, ya tengo visita, y estamos discutiendo acerca de la naturaleza de las materias plateadas.
>>Algo grave se debe cocer cuando Kindlist anda solo sin su amo. ¡Salamandras, que pestazo!

Los tres viajeros avanzaron y el alquimista les indicó que pasaran al salón. Allí había una mesa con un brasero y dos sillitas reclinables, en una de las cuales descansaba un hombre de pequeña estatura y negro cabello, que se mesaba la barba en absorto estado. Miraba hacia una especie de materia plateada que flotaba arremolinada sobre la mesa. En las paredes colgaban diplomas enmarcados donde constaban los títulos y méritos alquímicos de Claudio Honrado XVIII.

Una vez en el salón, Claudio les tendió unos cómodos cojines en torno al brasero, y allí se sentaron.
—¡Bien! Os presento a Zacarías Excéntrico III, antiguo compañero de universidad, tanto mio como de Heterodoxo, en nuestra promoción se han formado ilustres alquimistas como no se han visto en centurias. Zacarías, os presento a Crarglac la rana, Angoise el miedoso y supongo que a Kindlist ya lo conocerás.

Zacarías asintió sin dejar de mesarse la barba.
—Como os decía —prosiguió Claudio—, Zacarías está aquí motivado por sus alquímicas inquietudes. Destilando ácido cresílico en su atanor descubrió cierto componente que en determinada cantidad producía un nuevo e insólito fluido que él denomina humor rosa. Ha venido para comunicarme sus avances cuando apareció esta materia plateada y empezamos a discutir si sería producto de las emanaciones de mi atanor...
—¡Es un espíritu nigrédico! Seguro que es el resultado del error de algún alquimista insensato que no supo alcanzar los estados convenientes —protestó Zacarías.
—Bueno, ya lo discutiremos más adelante, ahora me interesa más bien los motivos que traen aquí tan extraña visita.
>>Y si no os resulta en inconveniente y molestia alguna, contadme, ¿qué aventuras os han traido a buscar el aplomo de Heterodoxo aquí?

sábado, 27 de diciembre de 2008

Una luz lejana



Los tres aventureros corrieron y corrieron, siguiendo la estela plateada, que se adentraba en los senderos, cruzaba descampados y descendía de las montañas.

Kindlist, Crarglac y Angoise estaban en la pradera florida, cuando divisaron a lo lejos una luz vacilante.
—¡Mirad! —exclamó Angoise—. Esa debe ser la casa de Claudio Honrado XVIII, ¡vamos! ¡Un último esfuerzo!

Angoise, que estaba fatigado, siguió corriendo más allá de sus fuerzas, llevado por el entusiasmo. La luz vacilante se convirtió en el crepitar de un fuego a través de un vano. Las formas de una casa se hicieron visibles: una cabaña de piedra con una chimenea y una puerta de madera destartalada. Se encontraba enclavada en la llanura, rodeada de soledades, circundada por las montañas. Allí fueron acercándose los aventureros, y Angoise, al acercarse fue relajando el paso. La estela se adentraba hasta la cabaña. Pero los viajeros repararon en un detalle: una retahila de improperios y gritos provenía del interior y parecía que dos hombres de edad avanzada discutían acaloradamente. Así que, cuidadosamente, Angoise llamó a la puerta dando tres toques, las voces se acallaron; las estrellas y la brisa se congregaron en silencio espectante.

La misión del hombre asustado



—¿Cómo os llamais? —preguntó Crarglac.
—Angoise —respondió el hombre asustado.
—¿Y qué buscais en estas regiones indómitas?
—Me marché de mi hogar, lejano en el oeste buscando una planta exótica.
—¿De qué planta se trata?
—Del loto suizo.
—¿Qué planta es esa?
—Es una flor exótica cuyos pétalos son blancos y rojos, sin embargo se halla casi extinta y por eso deambulo sin rumbo fijo, pues nadie conoce semejante especie.
—¿Por qué deseais encontrarla?
—Mi hermana contrajo una extraña fiebre hace unos meses, por la cual debió guardar reposo en la cama; su piel se volvió naranja, los ojos se le volvieron iridiscentes y le empezaron a crecer hojas en las piernas. Consulté a los médicos, y los médicos me dijeron que no sabían que podía ser. Ante sus sugerencias de investigarla cientificamente, decidí mudarme.
>>Luego consulté a brujos y adivinos, pero me dijeron que estaba maldita y no me dieron soluciones para su aflicción.
>>Finalmente, un amigo me aconsejó que buscara a un alquimista. Consulté con él y él me dijo que había ingerido una extraña sustancia, el agua arcádica, también llamada élixir ninfático, que tiene la capacidad de convertir a las personas y los animales en seres mágicos del bosque. Sin embargo, no deseaba que mi hermana se convirtiera en una alegre elfa o una ninfa correteando por los bosques y los montes, somos huerfanos y vivimos juntos. El alquimista me dijo que si deseaba remediarlo, había de encontrar el loto suizo antes de medio año; así que, sin más tardanza, la dejé a su cuidado y partí en busca de esa especie. Y vos, ¿conoceis semejante especie, la del loto suizo?
—Yo —dijo la rana—, conozco muchas variedades de plantas, pero desconozco el paradero de cualquier que sea el loto suizo; sin embargo un alquimista suizo os puede ser de más ayuda. Si sois paciente os prometo que lo encontraremos.

El homúnculo estaba callado sobre el lomo de Crarglac, el camino le empezaba a resultar cansino y, a pesar del viaje de rescate del aplomo, y de la irresponsabilidad de Heterodoxo, lo echaba de menos. La luna se había alzado sobre la cúpula celeste y estaba apesadumbrado cuando divisó a lo lejos una estela plateada, se incorporó, hincando sus raquíticas piernas sobre la rana, quien croó de dolor. Kindlist comenzó a pegar saltos, señalando hacia el sendero. Los otros dos viajeros no habían reparado en la estela con su conversación, pero ahora lo vieron. Entonces Angoise habló.

—Dejadme que yo os lleve, vuestros saltos son largos, rana, pero mis piernas corren más rápido.

Y así fue como, encontrado el rastro del aplomo de Heterodoxo, los aventureros siguieron su rastro corriendo como almas que lleva el demonio.

Kindlist y la rana encuentran a un hombre asustado



Kindlist y Crarglac llegaron a una región montañosa y llena de obstáculos por la cual no podían avanzar tan rapidamente como en las llanuras. Los picos se alejaban en la distancia, formando un horizonte tapizado de montañas y más montañas. Esto pesó en el ánimo a los viajeros, que pensaban que en tal confusión paisajística no podrían encontrar el hogar de Claudio Honrado XVIII.

Los aventureros de la Montaña de los Héroes les habían indicado la dirección a seguir, pero no un camino concreto que les fuera de utilidad, y en aquella marea abrupta era fácil perderse. Así pues, la rana estaba confundida, con el homúnculo de aberrante olor sobre su lomo, y se adentraron en las espesuras de los montes, tratando de encontrar una senda, cuando llegaron a un sendero en la ladera circundado por árboles espesos que formaban una galería. Las ramas se curvaban y las hojas hacían un techo que dejaba caer algunos rayos de sol en la tarde.

Allí empezaron a oir un castañeteo y una voz inquieta susurrando tras un recodo. Crarglac lo cruzó y se encontró a un hombre acurrucado contra el poste de una señal del camino, con la tez pálida y el rostro contraido por el miedo. La rana se acercó y preguntó.
—¿Por qué os acurrucais y temblais, tal como si hubiera sombras oscuras achechandoos?
Y el hombre pálido respondió.
—Tal sea quizá el temor que me asalta, sombras oscuras acechándome.
—¿De qué se trata?
—Yo iba por este sendero ayer por la noche, cuando de repente los sonidos silvestres se acallaron y todo se tornó silencioso; yo sentí erizarse mi vello como escarpias, entonces vi aparecer una sombra, o el eco de una persona.
>>Por el sendero comenzó a avanzar una silueta lúgubre, por su forma parecía un anciano montañés, y caminaba quejosamente, encorvado, como si la edad fuera una losa terrible cargando sobre su espalda, o sobre su cabeza; llevaba un báculo en su mano derecha, pero todo en él, a pesar de pasar a pocos pasos de mi, era borroso, como si en esencia fuera un espíritu o una simple figura. Yo sentí el temor en todo mi cuerpo, por desconocer qué terrible demonio podía rondar por estas sierras durante la noche. Sin embargo pasó, dejando una pequeña estela plateada tras de si, rastro que desapareció al amanecer.
—¿Y por qué no continuais?
—¡Ay! Temo que si continuo el camino vuelva a topar con el espectro.

Kindlist entonces comenzó a hablar con Crarglac en su peculiar idioma de signos. La rana comprendió lo que ella también sospechaba: esa visión nocturna del viajero asustado era el aplomo de Heterodoxo buscando la casa de Claudio Honrado XVIII. Debían darse prisa si querían alcanzarlo. Los animales y los homúnculos no temen tales cosas como los espíritus, pero sienten un respeto reverencial hacia lo sobrenatural. Así pues, Crarglac ofreció al viajero asustado compañía durante el trayecto, a cambio de ayudarlos a encontrar el hogar de Claudio Honrado XVIII.

El viajero, al oir la proposición, recobró el ánimo y el color volvió a sus mejillas, cogió sus avíos y marchó con los aventureros.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La montaña de los héroes



Tras la catástrofe y el tumulto provocado por la rana, los aventureros salieron huyendo de lo que quedaba de Ciudad Papelera. Era mediodía cuando todo esto aconteció y el sol declinaba cuando Crarglac, Kindlist y Spinnentier llegaron a una meseta en la Montaña de los Héroes. Allí oyeron un entrechocar de espadas, hachas y lanzas y un estruendo de hechizos variados. En la planicie se congregaban multitud de guerreros y magos, y todos ellos detuvieron sus actividades cuando vieron llegar a los extravagantes viajeros.
—Salud —dijo Crarglac—, ¿qué hacéis en esta meseta, peleando ferozmente?
—Salve —dijo un heraldo ataviado con llamativos colores—. La tarea que aquí nos trae es el ejercicio de nuestras habilidades. Somos aventureros, y como tal, aquí esperamos que las aventuras vengan a nosotros mientras nos volvemos hábiles en nuestros dones. ¿Qué os trae por aquí?
—Un gran y noble propósito, que es un encuentro de alquimistas para la correcta higiene de esta criatura —dijo la rana, señalando a Kindlist. Ésta, al ser más visible, y capaz de hablar, era la más apta para ejercer de portavoz—. Sería una tarea dificil de explicar.
—Largo rato tenemos.

Así pues, la rana comenzó a explicarle la tarea que les traía y las aventuras que habían vivido en ello. Los aventureros allí presentes se mostraron asombrados por tan magnificentes hazañas y les ofrecieron comida y una cálida hoguera durante la noche. Los tres viajeros asintieron complacidos, pues parecían gente con buenas intenciones y se reunieron en torno al fuego. Allí observaron a un mago bastante entristecido, a quien Crarglac sacó conversación.
—¿Qué os empaña el ánimo, hombre de elevado arte?
—Carezco de un familiar para consagrarme de pleno a la vida mágica.
—¿Qué es un familiar?
—Es una criatura animal que está vinculada al alma del mago. Ambos dependen el uno del otro, y sus vidas están vinculadas para siempre, hasta que uno de los dos muera.

La rana se interesó en el tema y el mago siguió contando los pormenores de su vida. Spinnentier se sintió atraida por su vida, y sintió en su ánimo que no era el único ser que se hallaba solo en la creación.

Por tanto se presentó ante el mago y le dijo con una emoción palpable en su voz.
—Si ello no os incomoda, yo podría ser vuestro familiar.
—¿En serio? —preguntó el mago—. Eso sería genial, claro que acepto.

El alborozo fue tremendo, y la garrapata sentía verdaderos sentimientos de amor por el mago, y deseos de iniciar una vida repleta de aventuras ahora que tenía la oportunidad. Echaría de menos a Heterodoxo, pero sus deseos le instaban ahora a elegir otro tipo de existencia, más colorida y cálida que una cueva fría y lúgubre.

Cuando llegó el alba los amigos se despidieron con lágrimas en los ojos, y más de una vez se despidieron antes del adiós final. Sin embargo, en última instancia Kindlist y Crarglac, ahora solos, enfrentaron su camino nuevamente, y descendieron de la Montaña de los Héroes.

La destrucción de Ciudad Papelera



Cuando Kindlist abrió sus ojos de barro se hallaba en una habitación circular con una ventana. Las paredes, el suelo y el techo eran de blanco yeso y en una de las paredes había una ventana con barrotes de papel. A su lado la rana parecía apesadumbrada y la garrapata lloraba desde dentro del zurrón.
—¿Qué haremos ahora? —se lamentaba el pequeño insecto—. Estamos atrapados.

El homúnculo se asomó a la ventana con barrotes de papel, la distancia hacia el suelo era mayor de 20 metros. Los había encerrado en una de las altas torres de los molinos de papel.
—¡Oh! ¿Qué harán con nosotros? Nos matarán y nos asarán, ¡y luego nos comerán!

Kindlist analizó los barrotes de papel. Eran de una pasta tan gruesa y tan dura que parecía hierro. El homúnculo preguntó por señas cómo saldrían. La rana le contestó.
—Tengo una idea, puedo de un salto salir de aquí y luego volver, con el estómago lleno de agua, y ablandar la pasta de un viaje a otro. Así podrás pasar a través de la ventana.

Dicho esto, se empezó a oir ruido de pasos tras la puerta y esta se abrió.
—¡Aquí está el homúnculo! Bien, serás bueno satinando nuestras espadas de papel. Ven para acá.
El carcelero, que tenía un delantal de papel, cogió al homúnculo con el zurrón y la garrapata y se lo llevó de la sala. Crarglac se quedo sola en el lugar, croó de disgusto y de un salto se lanzó hacia el exterior.


Mientras tanto, en la torre, Kindlist veía el origen del repugnante olor que dominaba la ciudad. En los molinos de papel había homúnculos que trabajaban en tropel satinando multitud de papeles con forma de espada. La técnica papelera era tal que el papel conseguido era resistente y afilado. Los homúnculos estaban encadenados con papel para que no escaparan. Así fue puesto a trabajar el homúnculo, con su zurrón y con un mazo de papel.

¿Cuál era el oscuro propósito de los papeleros para secuestrar homúnculos y fabricar espadas? Eso no lo supo Kindlist. Por otro lado, la rana había explorado la Ciudad, y había descubierto que la llanura había sido antiguamente un gran y único rio de descomunal cauce; todo había sido edificado según un sistema intrincado de diques. Tramó un plan sencillo, fastidiaría un mecanismo con el único y poderoso resorte que era su luenga. Con ello el dique se rompería y el agua se desbordaría. Crarglac estiró su lengua con un chasquido, rompió la pequeña palanca y el dique se abrió con un estrépito tremendo.

El caos consiguiente fue tremendo, todas las obras de los papeleros, cuidadas desde antaño, perecieron y fueron destrozadas; sus antiguas glorias se extinguieron consumidas por el torrente acuático. Hecho esto, la rana fue hacia el molino y allí vio que todos los homúnculos gritaban de felicidad. Entre la multitud distinguió a Kindlist con su zurrón. Con un poderoso salto lo recogió, y con otros tantos salieron apresurados de la ciudad.

Los aventureros llegan a Ciudad Papelera



Después de un día y una noche de grandes saltos de la rana, los tres compañeros divisaron a lo lejos una ciudad con numerosos ríos, afluentes y arroyos. En ella todas las construcciones eran blancas y tenían norias: eran molinos de papel, que se alzaban con grandes torres en mitad de una prolongada llanura.
—Por aquí podemos preguntar la dirección del hogar de Claudio Honrado XVIII—dijo la rana, Kindlist asintió.
—Acerquemonos —sentenció la garrapata.

Los peculiares viajeros se aproximaron a la brillante ciudad, pero conforme se acercaban se hacía palpable un hedor inmensa y horridamente desagradable, un hedor como de estiercol reciente, trapos viejos y podridos, cadáveres viejos, armarios cerrados, y un sinfín de otros olores desagradables. En resumen, a homúnculo sin lavar durante dos años. El hedor era tan horroroso, que incluso Kindlist tuvo que taparse su naricilla para proseguir; la rana y la garrapata, por descontado, habían manifestado su profunda aversión, sin embargo no contaban con manos para impedir que el olor llegara hasta sus narices.

Finalmente, descendieron de los valles por los que habían viajado y se encontraron a las puertas de Ciudad Papelera, donde había un portero engalanado con papeles blancos.
—¡Alto! —exclamó— ¿Quiénes sois, a dónde vais, y qué quereis?
—Somos Crarglac la rana azul, Kindlist el homúnculo y Spinnentier la garrapata amante. Vamos a casa de Claudio Honrado XVIII, deseamos encontrarlo. ¿Podéis ayudarnos?

El portero contempló extrañado a los viajeros, sin embargo un brillo de excitación que los foraneos no percibieron, se asomó a sus ojos al observar al homúnculo.
—Por supuesto, la casa de Claudio Honrado XVIII está al otro lado de la Montaña de los Héroes, que allí al otro lado de la llanura podéis ver, pero dejadnos serviros y haceros participes de nuestra famosa hospitalidad, celebraremos un banquete para vosotros.

Los aventureros se sintieron halagados y aceptaron la invitación. Poco rato después, la ciudad bullía de excitación preparando el banquete: papel a la plancha y pasta de papel a la celulosa se sirvieron y todo ello estuvo exquisito. Comieron hasta el hartazgo, sin embargo repararon en un detalle tardiamente.

El alimento estaba cuidadosamente envenenado con sedantes y casi inconscientemente, los inocentes forasteros fueron cayendo en un narcótico sueño.